“El salario del miedo”, de Georges Clouzot

“Esa gente en el bosque ¿Qué viste en ellos? Miedo. Un miedo profundo, podrido; estaban infectados con él. El miedo es una enfermedad, se mete en el alma de cualquiera que intenta lidiar con él”.

Esta frase de “Apocalypto” (2006) podría asumirla como propia Henri-Georges Clouzot (Niort, 1907), perfecto conocedor de lo que era el miedo y, junto a él, la parte más oscura de la persona. Sus películas respiraban una fatalidad propia de un director que sufrió a lo largo de toda su carrera numerosas desgracias. La enfermedad, la muerte, los rodajes truncados y la condena política o crítica a su cine le persiguieron a lo largo de su vida.

En este contexto filmó la mayor parte de su obra y desde ese contexto se entiende “El salario del miedo” (1953), película central de la segunda edición del Cinefórum de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) “La hora del trabajo decente”, que el pasado 7 de octubre proyectó una de las obras maestras de este “Hitchcock francés” olvidadas de nuestro cine, en el que una compañía estadounidense propietaria de instalaciones de extracción de petróleo en Sudamérica contrata a cuatro europeos para trasladar, a través de difíciles caminos en las montañas, la nitroglicerina necesaria para apagar un pozo que se ha incendiado.

Dice la leyenda que Hitchcock quiso hacerse infructuosamente con los derechos del libro de Arnaud en el que se basa la película, y es que esta obra podría pasar perfectamente por el maestro inglés. El viaje estará plagado de momentos de peligro extremo y es ahí, en una situación de tensión y peligro constante, cuando saldrá a reflote el miedo que saque las auténticas personalidades de los protagonistas, echando por tierra la autosuficiencia y la arrogancia que les caracteriza en su vida cotidiana.

De esta forma, Clouzot encarna el suspense, la tensión y la desesperación de los protagonistas, para llegar a su destino sanos y salvos y poder cobrar su salario, sin descuidar en ningún momento el tempo narrativo. Un realismo duro y descarnado, con un montaje frenético y unos primeros planos que transfieren angustia y presión al espectador.

El capitalismo salvaje y el nihilismo atroz se pondrán de manifiesto en algunas escenas, dando muestra de una completa gama de las peores manifestaciones humanas y entendiendo el mundo y las reglas por las que se rige como una prolongación de la naturaleza depredadora de las personas, víctimas de un sistema que, valiéndose de su sueño de ascender socialmente, les obliga a desfilar sobre la muerte.

 

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